Sociedad OPINIÓN/Libreta de apuntes

¡Capitán, mi capitán!

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¡Capitán, mi capitán!
Dom 10 de septiembre de 2017


Por Nelson Salvati (*)

Muchos de mis alumnos me llaman maestro y yo dejo que lo hagan. La palabra maestro encierra un misterio entrañable y nostálgico que me agrada y reconforta.

¿Se han preguntado por qué la escena final de la película “La sociedad de los poetas muertos” nos conmueve cada vez que la vemos? El profesor Jonh Keating (interpretado por Robin William) es echado de la escuela y deja el aula por última vez. Sus alumnos no pueden tolerarlo y le rinden homenaje: uno tras otro se suben sobre los bancos y exclaman: “¡Capitán, mi capitán!”

¿Por qué esa escena es tan potente y universal?

La respuesta es simple. Todos sentimos la necesidad de tener a un maestro. Siempre, en cualquier lugar y en cualquier edad deseamos un guía que nos indique el camino. Sin empujarnos, persuadiéndonos, infundiéndonos coraje, despejándonos de los miedos.

Maestro, era el apelativo de Jesús en los Evangelios; el homenaje de los contemporáneos a los grandes humanistas del Renacimiento.

Sin embargo esa palabra hoy no goza del mismo prestigio. Banalizada en las escuelas, desprestigiada en la sociedad e inflacionada en la vida cotidiana, pareciera que nadie está interesado en conseguir y merecer esa designación. Cuando no podemos adular a alguien con un título de estudios, lo llamamos “maestro”. Y así, taxistas, verduleros, albañiles, cuidacoches o simplemente transeúntes desconocidos pasan a ser “maestros”. En fin…una reverencia verbal no se le niega a nadie.

Tal vez porque ser maestro es un certificado de generosidad que se opone al egoísmo contemporáneo que algunos llaman individualismo y otros, realismo.

Los maestros, de los cuales Robin Willian hace una poderosa interpretación, no son egoístas. Ofrecen ayuda, sugerencias e inspiración. Indican cambios, proyección y expectativas. Muestran un camino y lo iluminan. Pueden ser una escalera al cielo, si se cree en el más allá, o un pasaje seguro en el bosque de las decisiones difíciles. Los maestros -los verdaderos- no piden nada a cambio. La recompensa es el honor de transmitir algo. El placer de ayudar al que viene detrás. Placer gratuito y por lo tanto impopular.

Hay riesgos obviamente. La demanda de maestros ha creado una oferta variada y peligrosa: la parodia del carisma, “cancheros” new age ; pedagogos y filósofos transformados en gurú sanadores; líderes comprometidos en la construcción de sus propios monumentos, grupos políticos que adormecen las conciencias…¡No!...¡ Nunca suban sobre los bancos frente a estas personas, como los estudiantes del profesor Keating! ¡Escóndanse debajo de ellos y tápense los oídos!

Los instantes huyen y los gestos permanecen. Y es por ésto que conmueve aquella memorable escena. No se trata solo de un maestro que se va, sino de la conciencia de saber cuánto necesitamos de un “maestro”.

 “Capitán, mi capitán! Tú lo enseñabas: todo lo que se diga a nuestro alrededor, palabras e ideas pueden cambiar el mundo." 

(*) Docente

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